Un tema a resolver por los maestros.


Desconcertado. Perplejo...  Así quedé frente a esta nota de La Nación, publicada este martes 16 de noviembre pasado. ¿Un Estado que decide cómo deben enseñar y, en particular, qué método deben utilizar los maestros para que un chico de 6 o 7 años aprenda a leer y escribir? Pensé que era una etapa superada. Se “ha decidido impulsar una metodología de alfabetización basada en la 'conciencia fonológica' abandonando el marco psicogenético de los últimos 30 años”, dice la nota. Aunque, no confirme el Ministerio a través de la secretaria de Innovación y Calidad Educativa de la Nación, Mercedes Miguel en la misma nota, la decisión de alentar la "conciencia fonológica" como enfoque prioritario en la enseñanza de la lecto-escritura en los diseños curriculares de los primeros grados de primaria parece estar bastante avanzada.
Si “googleas”, “métodos para enseñar a leer y escribir”, te encontrarás con más de 3,570,000 resultados y no sabrás por dónde empezar. Muchos de esos resultados dirán que aprender por sílabas es lo mejor, otros que por sonido, unos más por el método global de leer palabras completas. Al poco tiempo seguramente estarás sumamente confundido. Parece “una suerte” y que, como por arte de magia, los únicos no “confundidos” en este debate sean las autoridades del Ministerio de Educación y hayan dado con “la solución” a tanto “debate inútil”. Lamentablemente, les traigo malas noticias... El debate que tiene sus raíces profundas en los inicios del siglo XIX y cada tanto, como por oleadas, se reitera hasta nuestros días. Un debate que los mismos especialistas no han logrado saldar. En la base de este “drama”, las investigaciones muestran que, aunque haya varios métodos y opiniones con las que sea fácil confundirse, las formas de enseñar, se inventaron para cubrir necesidades específicas y funcionan con algunos niños, con otros no. Parece que hay chicos muy malos que han decidido ir contra la lógica del “método único” y se resisten a aprender... Tajante dramatismo...
En este caso, el debate sobre la adquisición de la escritura entre las dos perspectivas señaladas al inicio establece claras divergencias. Por un lado, la conciencia fonológica hace énfasis en la adquisición del principio alfabético de la escritura y es considerada como una habilidad para poder operar con unidades sonoras de la lengua, al tiempo que considera que la inclusión en la cultura letrada tiene como centro la adquisición del alfabeto y la correspondencia letra-sonido. Por otro, la mirada desde la psicogénesis propone, entre otras varias cuestiones, la adquisición del sistema de escritura, el acercamiento a las prácticas sociales que involucran la lengua escrita y la concepción de que las palabras son unidades que el niño escucha en un continuo y que no conoce, en primera instancia, cómo ni dónde segmentar. Es de destacar que la conciencia sobre lo sonoro se adquiere, desde esta perspectiva, en forma espiralada, en un proceso de interacción con la escritura, por lo que a medida que el niño avanza en las posibilidades de producción escrita, avanza también en la conciencia sobre la oralidad.
Estas dos concepciones, una de origen anglosajón y la otra de

origen latinoamericano plantean diferentes posturas en relación a cómo va entendiendo el niño que las letras poseen un valor sonoro. Mientras que la conciencia fonológica señala que el proceso debe iniciarse con la enseñanza de la relación fonema-grafema, la psicogénesis afirma que los niños piensan sobre la sonoridad al escribir, al estar en situación de escritura, ya que la escritura es portadora de significado y diferente de la expresión oral.
Las estrategias didácticas que proponen ambas se enmarcan, entonces, en concepciones diferentes. Mientras la primera hace énfasis en la adquisición del principio alfabético de escritura y diseña programas altamente estructurados que guían al maestro y al alumno, paso a paso, hasta lograr la adquisición del alfabeto y la correspondencia letra-sonido, la otra diseña intervenciones didácticas sistemáticas para la inclusión de los niños en la cultura escrita con variedad de propósitos, textos y prácticas.
En este marco, durante las últimas cuatro décadas, la búsqueda de sustentar el “mejor método” de enseñanza de la lecto-escritura ha dado lugar a un importante número de investigaciones. En cada una de ellas encontrarás evidencia empírica que dará sustento a cada uno de los diferentes enfoques. Pero, en las conclusiones de aquellos que son serios y responsables (de los que no te quieren “venderte nada”), siempre se incluirá la puesta en duda de que “este o aquel método” sea el único posible de ser implementado para todos y cada uno de los chicos que están aprendiendo a leer y escribir. ¿Uno de los motivos? En el fondo todas chocan contra las distintas concepciones de un término plurisémico como es el de la “alfabetización”. Dar “sentencia firme” sobre las diversas concepciones que, a través del tiempo, dieron sustento teórico a las distintas didácticas en este campo (teorías asociacionistas, psicogenéticas, socio-históricas y muchas otras) sería/es para un investigador serio algo más que temerario.

¿Está bien entonces que un Estado, desde algún lugar de decisión política y en el marco de un debate que ni los especialistas en el tema han logrado ponerse de acuerdo, imponga una mirada? o ¿es mejor que los que poseen el conocimiento teórico y práctico, en este caso los maestros, en las escuelas, con sus alumnos, estén facultados a elegir la perspectiva y las estrategias didácticas que más convengan adoptar y desarrollar? Tengo una sola respuesta. A esta altura de lo escrito no parece que sea necesario que la explicite. ¿O sí? ¿El porqué de mi postura? Responderé con una anécdota de mi época de profesorado, hace ya varias décadas. Un día el profesor de Plástica y su didáctica (el “Tano” Benedetti, para los que fuimos sus alumnos) nos preguntó para que creíamos que estaban los maestros en las escuelas. Tras responder casi a coro la respuesta que seguramente se está dando el lector, repreguntó “¿y a quiénes les tienen que enseñar esos maestros? La respuesta ya no fue “a coro” posiblemente por las dudas que empezaron a circular entre la asistencia, los que íbamos a ser futuros docentes. Ante esas dudas la respuesta de Benedetti fue contundente: “Uds van a estar allí en el aula para enseñarle a los que no aprenden. Los que aprenden solos, no los compliquen. Pero sobre todo grábense algo: los métodos que elijan para enseñar se deben adecuar a los que aprenden y no los que aprenden al método que Uds elijan. Si uno no funciona, hay que probar con el siguiente hasta que demos con el correcto. Sólo es cuestión de conocer a cada pibe y que Uds. se formen y capaciten como maestros para aprender todas las opciones que existan. En el mejor de los casos y si aprendieron mucho sobre qué métodos usar y son creativos encontrarán uno nuevo que les servirá a Uds y a sus pibes”.
Por eso, más allá de si encaramos desde una perspectiva o de otra, entiendo que la idea de “bajar” una metodología desde un Ministerio sólo incursionaría en modelos más emparentados con estados totalitarios que con la complejidad y riqueza que hoy circula por nuestras escuelas en Democracia. Sí, aunque no esté a simple vista, circula mucho conocimiento por nuestras escuelas...
En todo caso, volver a confiar en la capacidad de nuestros docentes y en la rigurosidad de la formación y capacitación de los actuales y futuros será la mejor política pública en Educación que puede transitar un Estado moderno e inteligente como el que necesitamos.

NOTA: Las imágenes que acompañan esta nota son del libro para primer grado "Mi amigo Gregorio", libro que utilicé con mi maestra Marina cuando me enseñó a leer y escribir hace 44 años... Este libro utiliza el método denominado "palabra generadora" cuya propuesta didáctica era partir de las opiniones y reflexiones del grupo en torno a problemáticas que sugieren distintas palabras que derivaran paulatinamente familias silábicas en distinto orden para evitar lo mecánico. Este método retoma las aportaciones de Paulo Freire y de la educación popular. 

Comentarios

  1. En el colegio de mis hijas, ahora de 15 y 18 años, utilizaron métodos distintos para enseñarles a escribir en castellano y en inglés. Castellano: "dejarlos ser", que escriban como suena (kasa, uebo, etc). En inglés, una enseñanza más formal, con dictados semanales y correcciones ortográficas. El resultado final: una pésima ortografía en castellano (sobre todo en el caso de la más chica, que lee poco) y una excelente ortografía en inglés para las dos. Si me dan a elegir, no sé cómo se llama el método pero me quedo con el de las repeticiones y las correcciones.

    ResponderEliminar
  2. Opino igual. El inglés se enseña con método. El castellano no. Otro tema es el ejercicio de interpretación de la lectura ( reading comprehension) que en lengua no existe) Las mias salieron bastante bien a pesar de todo. Aprendieron por psicogenesis.

    ResponderEliminar
  3. Un grande tu profesor Benedetti. Acuerdo con que las estrategias de enseñanza se deben adecuar a los alumnos, y no al revés. Por otra parte, si bien adhiero a la teoría psicogenética, debo admitir que fue administrada pésimamente, como si fuera un método y no, un enfoque.

    ResponderEliminar
  4. Como madre bilingüe de mis hijos, simplemente les leía cuentos (con imágenes) a mis tres hijos, desde muy temprana edad, es decir: antes de los tres años. En la cama, antes de la hora de dormirse. A los pocos meses me corregían si me salteaba unas líneas (primero porque yo estaba cansada, pero luego lo empecé a hacer a propósito porque me iba dando cuenta de que ya asociaban las letras, oraciones, imágenes, etc., con lo que yo relataba.) En menos de un año mis hijos leían solos, no usé ningún método salvo el de divertirnos juntos, inventar otros cuentos y finalmente sacar un cuaderno y escribir letras y palabras, siempre como un juego.
    Cuando ingresaron a la escuelita rural del campo, ya sabían leer, pero nadie hizo alarde de eso. Las maestras de esa escuelita rural eran excelentes. Es más, utilizaron algo más parecido a lo que describen arriba para aprender el idioma inglés. A los errores de ortografía se aplicaba el método de escribir 10 veces la palabra debajo de la "composición". Si la composición tenía muchos errores, pues había que re-escribirla entera con las correcciones que hacía la señorita. Me pregunto en qué momento se comenzó a cambiar metodológicamente la enseñanza escolar, siempre con nuevos programas y más niños en las aulas. ¿Cómo puede una maestra flexibilizar la enseñanza según las particularidades de cada niño, cuando las aulas conforman grupos de hasta 40 o 45 alumnos?
    Me olvidaba decir que les leía cuentos en castellano e inglés. No surgió ningún problema por haber aprendido dos idiomas simultáneamente. Desde el principio, separaron los sonidos y el modo de hablar en ambos idiomas. Mis hijos son inteligentes, no genios, se integraron con sus compañeritos y terminaron sus carreras en la UBA. Así de simple.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sindicatos. Docentes. Comienzos de clase. Paros ¿Por qué llegamos hasta acá?

Volver a lo importante: la centralidad pedagógica...