Temor político

Tres meses atrás publicamos Iguales y diversos - Comparaciones y paradojas. A propósito del conflicto generado por la ocupación (¿ilegal?) del Parque Indoamericano, intentábamos iniciarnos en las causas profundas del problema.
Como recordarán, tras una fuerte escalada, se arribó a un acuerdo y ambos gobiernos festejaron el desalojo pacífico del parque. En el camino quedaron tres muertes evitables.
Hoy el problema vuelve con la ocupación de un complejo habitacional, ya adjudicado y pronto a ser entregado, en un predio del Bajo Flores.
Los detalles son noticias en los diarios y esperamos que haya habido una solución al momento de esta publicación. Nos interesa en cambio sumergirnos en un concepto repetido de los últimos años. Concepto que preocupa excesivamente a la clase dirigente y a los funcionarios en Argentina: el costo político. ¿Cuánto estás dispuesto a involucrarte con decisiones que encaucen los conflictos?
El caso de Bajo Flores volvió a mostrar confrontados a ambos gobiernos: ninguno quiso “cargarse” a su cuenta el desalojo del predio. Algo que la justicia ordenó casi inmediatamente y que ninguno de los dos estuvo dispuesto a cumplir.
Pero, ¿existe el costo político?

Es común escuchar a analistas y periodistas expresar que tal medida de gobierno tiene, tuvo o tendrá un determinado “costo político” para quien la toma. ¿Sabemos qué significa? En pocas palabras: se denomina “costo político” a la magnitud en que perjudica el nivel de adhesión popular, la toma de decisiones en la gestión pública. Pocas veces evaluamos que el costo debería tener que producirse por adoptar la mejor decisión para el conjunto. Muchas veces ocurre que esa “mejor decisión para el conjunto” no se toma. Se toma, en cambio, una que conviene más al interés (¿personal y mezquino?) de quien toma la medida. Justamente en busca de minimizar ese costo…
Analistas opinan que en nuestro país hay una actitud crítica escasa. Para ellos una importante franja del electorado es una masa acrítica, para la que sólo cuentan la procedencia del candidato y su filiación. En caso de “empatía” no existe ningún cuestionamiento, cualquiera sea su gestión poniendo en juego dudosos principios de lealtad y verticalismo. Esto, al momento de elegir, hacer que se privilegie al partido de gobierno. Sólo se dan cambios si los ciclos políticos y económicos coinciden con los “cambios de época” y las “grandes crisis”. Para estos mismos analistas electorado carece de categorías de racionales. Una opinión dura, difícil de compartir pero que podría tener cierto grado de verosimilitud.
Si hay algo, en la actualidad, que la mayoría de los políticos tienen es terror a asumir costos: un punto muy perjudicial para la política. Intentar mantener siempre la imagen de lo “políticamente correcta”, parecer y no hacer lo que es necesario, es lo que a larga trae los mayores problemas. Esta “economía de costos” puesta en gestión, inmoviliza y atenta contra los cambios y transformaciones que son necesarios implementar y que el conjunto de los políticos prometen en campaña.
Cierto es que una organización política acumula a lo largo de un determinado tiempo un “caudal político” (adhesiones y apoyos) que, consolidado por el voto popular, legitima la conducción del Estado. Pero esa misma organización debe aceptar que gobernar es tomar posición (y decidir) y que en ello se consumirá parte de ese “caudal” que lo habilitó para ocupar ese lugar de conducción…
Hablando de la ocupación en el Bajo Flores, el Jefe de Gobierno porteño afirmó: “Estamos diciendo que colaboramos, que compartimos el costo político del desalojo, los dos juntos, la Federal y la Metropolitana, no especulamos” ¿Intenta prorratear el costo de la decisión para que ambos gobiernos paguen “a la romana”? ¿Esto no es especular? Cuando decidió crear la Policía Metropolitana, abandonó –de hecho–  el legítimo reclamo del traspaso de efectivos de la Policía Federal que la Ciudad mantiene con Nación, en contra de las voces que adelantaban la dificultosa convivencia de dos policías en un mismo ámbito geográfico. ¿Pensaba que “La metropolitana” se encargaría de ser “telonera” en los conflictos donde fuera necesario intervención policial? ¿Acaso la Ciudad, no tiene transferidas las competencias contravencionales? Pero, ¿De qué habla en realidad? ¿De qué es una decisión arriesgada que se puede traducir en pérdida de votos ya que nunca logrará convencer de la justicia de la acción a algún sector hasta este momento proclive a votarlo? Y si resulta una maniobra equivocada ¿probará qué hubiese sido mejor meditar un poco más la creación de la nueva policía? ¿Por eso quiere “compartir” el costo del desalojo?
Por otra parte, el gobierno nacional no se comporta de una manera muy diferente. Mide milimétricamente cada acción a realizar de acuerdo al “costo” que podría infligir al gobierno porteño. “Colabora” con la resolución del conflicto sólo cuando hay garantías que la participación en el mismo otorga un “rédito político”. Rédito, contracara del costo. Conflicto social, una partida por el apoyo de la gente entre dos jugadores de póker.
En verdad, el costo político lo paga sólo el que tiene algo que perder. El ciudadano común que está fuera de la política lo que intenta es optimizar costos no esquivarlos, para obtener beneficios, pero no como un fin en si mismo.
Por eso, en estos próximos tiempos, teniendo un año de campañas electorales, sería bueno poner la atención en detectar a aquellos candidatos que evitan asumir “costos políticos”…  Aportaremos, así, al mejoramiento del sistema político argentino, a la gestión de la República y silenciará a los analistas que subestiman la racionalidad del electorado argentino…
Para finalizar les proponemos un juego:


1.- Mauricio Macri
2.- Cristina Kirchner
3.- Moisés Lebenshon

No hace falta que le digamos la respuesta correcta... Estamos seguros que no se equivocará...

Comentarios

  1. la verdad es que en una nota excelente, realmente. Es increíble como ha ganado terreno en la clase política de la patria un esquema de estricto conservadurismo que hace que, sin importar color político, se midan los pasos con el único horizonte del cargo posterior. Eso genera un doble perjuicio, por un lado se petrifican posiciones y se impide la emergencia de nuevas figuras y, además, nunca se cumple del todo bien el papel asignado por la voluntad popular ya que las cuentas y el deseo está referenciado en el cargo futuro. Tengo que admitir, no sin alguna pena cada vez menor, que creo que este asunto de no asumir riesgos es aún más frecuente en políticos que ocupan el arco llamado progresista. Por mucho que me disguste, voy a refrendar una antigua idea que me hacía escribir que no hay nada mas conservador en la política argentina que un progresista.

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